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20 MINUTOS

Despuntaba el día húmedo y gris, desmesuradamente húmedo y gris, cuando el hombre se alejó del sendero principal del parque para tomar un camino muy poco transitado y apenas visible que discurría hacia el Canal de Panamá a través de las palmeras. Eran las seis en punto. Todavía no había ni rastro de sol, pero ya empezaba a clarear. Iba a ser un día despejado y, sin  embargo, la ausencia de luz parecía cubrir la faz de la tierra con un intangible paño mortuorio, una sutil melancolía que oscurecía el amanecer. Al hombre no le afectaba. Los tristes trópicos eran así, y él ya estaba acostumbrado.

Empezó a un ritmo tranquilo, casi lento, buscando entrar en calor, más mental que atmosférico. Siempre era así el principio: el obsesivo trinar de los pájaros, la oscuridad, el histérico canto de las cigarras y el cuerpo despertándose. Llevaba semanas con esta rutina desde que el cardiólogo le había diagnosticado un soplo en el corazón.

“Será usted muy importante, o al menos así se sentirá, pero a sus 42 años y con el ritmo de su corazón, lleva camino de convertirse en un recuerdo importante para su familia”, había sentenciado el médico.

Desde entonces, practicaba todos los días 20 minutos de ejercicio: empezaba caminando e iba subiendo el ritmo -el corazón iba bombeando cada vez más fluido y con menos esfuerzo-. En el minuto 10 ya corría a un ritmo acompasado y, al final, aunque el médico se lo había desaconsejado, aceleraba el paso hasta terminar en un sprint glorioso, olímpico. Durante aquel tramo final se perdía en ensoñaciones imaginando que competía contra Carl Lewis, el Hijo del Viento, en las olimpiadas de Los Ángeles 84, aquellos lejanos juegos de su infancia.

Ahora cuidaba de su corazón y también de su mente, pues ya había experimentado los beneficios del ejercicio matutino: vitalidad, ideas claras, nivel óptimo de estrés para rendir profesionalmente… Mientras tanto, su mujer y sus hijos se iban desperezando para cumplir con sus obligaciones matinales: uniforme del colegio, desayuno, loncheras…

A medida que iba cogiendo ritmo, sus pulmones se inflaban, su pulso subía, la sangre fluía con mayor rapidez, y el espíritu iba entrando en contacto -conexión describe mejor la sensación- con la naturaleza, el universo, la vida. En esos momentos de éxtasis físico y psicológico, parecido al de los derviches, le apetecía sacarse las zapatillas, las medias, desnudarse, y echar a correr sin rumbo, empujado por las sensaciones y el instinto, siguiendo a sus piernas. Era un diálogo entre la tierra, sí, la tierra en el sentido telúrico del término, y su cuerpo. No había voluntad, tampoco conciencia del yo. Era el punto al que aspiraba su mujer -según le contaba- cuando hacía yoga: mente vacía, cuerpo pleno. Sentir la respiración era todo. Y nada.

Hay tantas formas paralelas de vida. Tantos diferentes niveles de conciencia. En aquel mismo instante su hijo mayor estaba  completamente dormido, la segunda apenas despertando. El pequeño regurgitando tras haber tomado el pecho de la madre. La madre, completamente consciente en el sentido no místico de la palabra, lidiando con el amanecer familiar.

También en aquel mismo instante, en el parque, las criaturas –“¿hay alguien ahí?” se pregunta uno- iban incorporándose al ciclo solar: las aves diurnas trinando, los insectos revoloteando en los restos de basura, los mamíferos domésticos defecando acompañados por sus solícitos amos-amigos, algunos reptando. Y otros retirándose a su merecido descanso. Entre ellos también se encontraban los guardas de seguridad del turno de noche.

Aquella mañana le esperaba en la oficina una intensa ronda de reuniones en las que no había margen de error. Se las había preparado la noche anterior -otro consejo del médico: “duerma tranquilo, no deje las cosas para última hora porque eso le acelera exageradamente el ritmo cardiaco”-, y ya tenía pensada la táctica para cada uno de los meetings. Se sentía bien. Completo. Listo para la lucha diaria. Preparado para triunfar.

03Se extendía ante él una alfombra de hierba amarillenta -no había iniciado la temporada de lluvias- y el cuerpo le pedía con intensidad salir del sendero y dejarse llevar por la ondulación del terreno, acelerando en las bajadas, subiendo las olas del seco tapiz aprovechando la inercia de la bajada.

¿Y por qué no? Ya no le dejaban fumar, no podía tomarse su whisky por la noche, su vida profesional le exigía cada vez más responsabilidad, ¿por qué no dejarse llevar por lo que le pedía el cuerpo, invitado por la sabia naturaleza?

Paró, se quitó las zapatillas de deporte y las medias, y las colocó en una rama de un árbol. Y descalzo, lleno de sí mismo, en íntimo contacto con la naturaleza, empezó a correr como un loco mientras gritaba de alegría, de excitación, de liberación. A saber de qué era. Era algo parecido a pegar saltos borracho en una discoteca con los decibelios a punto de reventar los tímpanos. Era una forma de plenitud.

Corría y corría. Como un desaforado. Los dedos entre la hierba seca, las plantas de los pies notando la tierra y algunas piedritas. Braceando como los grandes velocistas, la zancada larga estirando la pierna al máximo, una pequeña tensión en los pulmones, esa tensión sana que te recuerda que aún eres joven, que estás en forma y que puedes rendir al máximo. Los pájaros, las cigarras, los insectos, el reino animal haciendo más ruido que nunca. Todo era uno. Pero también estaba el otro: la serpiente enroscada, el gato durmiendo, el guarda de seguridad bostezando, el viejito en su dulce sueño…

De repente, en medio de aquel éxtasis, ¡crack! Un hueco en la semioscuridad que empezaba a diluirse y que no había visto, una trampa para el pie desnudo y veloz, y el tobillo cedió. Qué dolor. Se dejó caer al suelo fulminado por la sensación de rotura de ligamentos.

En el suelo, se palpaba el tobillo casi llorando entre la rabia y el dolor. Casi todo era rabia por la estupidez de correr descalzo y por la mala suerte. Trataba de calentar el tobillo con sus dos manos, pero le dolía mucho. Su cuerpo seguía acelerado: la sangre fluyendo, los pulmones resoplando, el corazón bombeando.

Se puso en pie renqueando sobre una pierna mientras mantenía el dolorido tobillo entre sus dos manos. Repentinamente, sintió un ligero roce en el dedo pequeño de su pie sano, y rápidamente reconoció la sensación de dos dientes que lo mordían. Bajó la vista y apenas alcanzó a ver cómo se escurría entre la hierba un pequeño reptil. La serpiente huía asustada por la presencia de un posible enemigo.

Se dejó caer sobre la hierba, entre las sinuosidades del parque. No podía ver a nadie, no podía ser visto por nadie. Ya había claridad -la fulminante salida del sol en el trópico-, por fin la luz se había impuesto sobre la oscuridad. Probablemente el sendero principal estaría lleno de corredores, pero en el secundario donde había dejado las zapatillas, apenas a unos doscientos metros, difícilmente se encontraría alguien. Ambos dolores competían entre sí: el del tobillo roto con el de la mordedura de serpiente. El miedo se apoderó de él, y la tensión se incrementó, lo que no hacía más que darle fuerza a la circulación del veneno. El pavor aumentó cuando recordó lo que había leído sobre las serpientes de la zona: además de culebras, por allí abundaba la llamada Coral, conocida también como la 20 minutos. Era una de las más venenosas. En 20 minutos te dejaba listo. ¿Sería una de aquellas la que le había atacado? Miró el reloj: seis y catorce de la mañana.

04Ninguna criatura provoca tanta repugnancia y terror como una serpiente. Podía sentir el dolor conforme se extendía. Era  un dolor intenso y terrible. Sentía en la boca un sabor a goma, casi metálico. Empezó a sufrir insuficiencia respiratoria, ¿o se la estaba imaginando?

Trataba de recordar los apenas dos segundos que había alcanzado a ver la serpiente. ¿Tenía anillos de colores negros, amarillos y rojos? Si era así, probablemente era una coral. Pero el dolor, el miedo, la tensión, no le permitían recordar lo que había visto deslizarse inmediatamente después de sentir la mordedura.

El pánico se iba apoderando de él y asomaron los síntomas habituales en el sistema nervioso tras el mordisco de una serpiente: latidos acelerados del corazón y náuseas. Vislumbraba llegar los vómitos. Le inundó una sensación de  vértigo. Notó la piel fría.

Como no podía ser de otra manera, empezó a  tener pensamientos de muerte inminente.

A las seis y cuarto el desayuno familiar ya estaba listo: la hacendosa madre había logrado dormir de nuevo al bebé. El mayor, somnoliento, iba comiendo los cereales, preocupado por no haber terminado la tarea escolar. La segunda de sesgo travieso y libertario como su padre antes de formar una familia, buscaba con la mirada la llegada de papá.

A las seis y media la buena esposa empezó a extrañar al marido: “qué raro”, se dijo a sí misma entre las múltiples obligaciones de todos los días.

El bebé dormía plácidamente. La segunda ya se estaba cepillando los dientes. El  mayor, a punto de terminar la tarea de la escuela, investigaba en Wikipedia sobre las serpientes:

Micrurus fulvius.
Artículo principal: Emponzoñamiento micrúrico. Poseen un potente veneno de acción neurotóxica que actúa sobre el sistema nervioso central. La víctima presenta los síntomas del envenenamiento entre cinco y treinta minutos luego de la mordedura. Si no se aplica el suero antiofídico a tiempo, se presentan adormecimiento, angustia, contracción faríngea y dificultades para tragar. Más adelante hay parálisis completa. Aun cuando la sensibilidad está intacta y la conciencia lúcida, la asfixia progresiva precipita la muerte en un proceso similar al que ocurre por intoxicación con curare. El suero antiofídico específico sólo neutraliza la acción del veneno pero no cura las alteraciones funcionales que hayan podido quedar de acuerdo al tiempo de permanencia del veneno en el cuerpo.

En ese mismo minuto, el guarda del parque se acercaba a un hombre tumbado en la hierba que hacía gestos extraños. Una viejita madrugadora y paseadora le había alertado de un loco o borracho allá, en la senda poco transitada y apenas visible que discurría hacia el Canal de Panamá a través de las palmeras.

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