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TABOGA, LA PLAYA DE PANAMÁ

Panamá es una ciudad ruidosa, caótica, estresante, a veces irritante. Pese a ser una urbe costera no tiene playas, las tuvo, pero la contaminación y el desarrollo urbanístico acabaron con casi todas (aún hay algún valiente que se baña o surfea en el Casco Antiguo), y para disfrutar de un buen día de sol, arena y agua hay que viajar más de una hora.

Esa es al menos la creencia general, pero la realidad no es así. Panamá tiene playas excelentes apenas a media hora de la ciudad. Sin vehículos, sin pitidos, sin basura, sin carros metidos en la arena con su volumen al máximo…

Ese destino es la isla de Taboga, un rincón encantador en el que pasar uno o varios días desconectado del mundanal ruido. Lo ideal para ir a la Isla de las Flores, como también se la conoce por su exuberante vegetación tropical, florecida casi todo el año, es acercarse entre semana, cuando la afluencia es más baja. En fin de semana el número de visitantes se multiplica.

Llegar hasta Taboga es sencillo. Hay que ir hasta el Club de Yates de Balboa, en Amador, junto al Friday’s. De allí sale el Taboga Express, un moderno catamarán que llega a la isla en apenas media hora, con WiFi gratis y un pequeño bar. No te preocupes por el acceso, ya que en sencillo y el personal está a disposición para ayudar a personas mayores y con movilidad reducida.

La isla fue bautizada originalmente como San Pedro. Su nombre actual deriva de la palabra indígena aboga, que significa ‘abundantes peces’. El pequeño pueblo de Taboga fue fundado en 1524 por el español Hernando de Luque, y ese mismo año se construyó la Iglesia de San Pedro, alrededor de la cual se desarrolló el poblado original, y que está considerada la segunda más antigua del Pacífico americano.

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Taboga fue hasta no hace demasiado tiempo, una instalación militar estadounidense, clave para la vigilancia del Canal de Panamá, y todavía quedan restos de búnkeres o construcciones repartidos por la isla. Antes de los norteamericanos, la isla fue el escondite de piratas como Henry Morgan, Hawkins o William Dampier, y aún antes, el punto de partida para las misiones de conquistadores como Francisco Pizarro o Diego de Almagro.

Hoy viven en ella de forma estable algo menos de mil personas, la mayoría en San Pedro, una cifra que se multiplica los fines de semana con la llegada de turistas en busca de sol, playa y tranquilidad. La sensación al llegar a Taboga es que nadie tiene prisa, y eso es, probablemente, lo que le hace un lugar aún más encantador.

Nada más poner pie en tierra se siente esa tranquilidad.

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